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La recesión democrática global

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Por Eduardo Griñán Lloret

La proliferación de los regímenes democráticos a lo largo y ancho del mundo moderno fue un suceso que soltó amarras con el derrocamiento de la dictadura portuguesa en 1974 (1) y que fue expandiéndose secuencial y cuantitativamente entre mediados de la década de 1970 y principios de 1990 sobre otros autoritarismos del sur de Europa, América Latina, el este y sur de Asia, Europa del Este, la antigua Unión Soviética y, finalmente, África Subsahariana. Un cuarto de siglo de entusiasmo democrático que trajo, entre otras cosas, profundas consecuencias académicas en los estudios sobre la democracia. Samuel Huntington acuñó a este gran estallido como “la tercera ola” (2). En su estudio, detectó dos olas anteriores, una primera que se extendió de 1828 a 1926 y una segunda que se desarrolló de 1943 a 1964, abarcando los últimos años de la Segunda Guerra Mundial en adelante. A pesar de ello, estos booms no crecieron con una marcada irreversibilidad. De hecho, a la par que el evidente proceso de ampliación, se dieron períodos de contracción democrática en lo que acabó categorizándose como “oleadas inversas”, concentrándose en los lapsos de 1922 a 1942 y 1961 a 1975. Las quiebras democráticas se maximizaron en lugares donde prácticamente recién se había asentado esta clase de régimen. Empero, el carácter regresivo de estas oleadas no camufló el hecho de que la ola democrática por la que nacieron había asentado un mayor número de democracias de las que se batieron en retirada con el fin de tales contraoleadas. 

La intensidad de la tercera ola marcó el mayor crecimiento de las democracias en toda la historia, con un ensanchamiento continuado que duró tres décadas -de 1974 a 2006-, así como se convirtió en “la primera ola en establecer la democracia como la forma predominante de gobierno en el mundo”. Con ello, se observó un aumento paulatino de los derechos civiles y políticos en todo el globo (3). No obstante, en el año 2006 este gran termómetro mostró los primeros síntomas de un estancamiento. Larry Diamond observó de forma temprana en un artículo publicado en 2008 que desde 2006 la aceleración del motor democrático se había reducido gradualmente, haciendo saltar las alarmas de una posible recesión democrática. 

El profundo debate en torno a este fenómeno ha llevado a distintos académicos a enmarcarlo de una forma diferente, siendo catalogado por algunos como una “recesión democrática”, “regresión democrática”, “retroceso democrático”, “deconsolidation”, etc. Incluso algunos autores toman una perspectiva más desalentadora al señalar la deriva de los acontecimientos como una “tercera ola de autocratización”. En cualquier caso, ¿qué hay de cierto en estas advertencias y qué se esconde detrás de esta anomalía? Lo cierto es que, tal y como apuntaba Diamond en su artículo de Foreing Affairs, desde 2006 el mundo ya no es tan democrático y se ha producido un deslizamiento por varias razones. 

A principios del siglo XX, alrededor del 60% de los Estados independientes eran democráticos. No obstante, cabe plantearse si las consignas y los relativos logros de la tercera ola habían generado una verdadera fertilidad para las nuevas democracias en los países de “acogida”. En opinión de los politólogos Steven Levitsky y Lucan Way, esta nueva dimensión de tertulia académica y de observadores se había dado como resultado de la ensoñación de los resultados de la tercera ola. Profesan una crítica al optimismo “consumado” que llevó a muchos académicos a sostener unas expectativas de gran calibre que condicionaron su forma de acoger la deriva de los acontecimientos. Este mismo entusiasmo habría sesgado las perspectivas, dando lugar a que se comenzara a “combinar la ruptura autoritaria con la democratización”, cuando esta clase de colapsos pueden tomar distintas vertientes (4). La implosión del comunismo dio impulso a estos planteamientos, haciendo que las crisis de régimen fueran interpretadas como el primer síntoma de las nuevas transiciones a la democracia. En este sentido, sí que es cierto que el fin de la Guerra Fría supuso un importante desafío para múltiples autocracias que vieron limitados en gran medida sus recursos para asegurar su sostenibilidad debido a crisis económicas y la primacía del orden liberal internacional. A la sazón, muchas dictaduras acabaron quebrándose o entrando en bancarrota. La debilidad autoritaria fue maquillada por muchos como incipientes democratizaciones. Sin embargo, como se introducía anteriormente, no todos los casos de fragilidad autoritaria se dieron como resultado de una movilización social en pro de la democracia, sino más bien por el colapso del Estado, la presión externa o graves crisis económicas. 

A pesar de las debilidades autocráticas inherentes a finales del siglo XX, los gobernantes autoritarios aprendieron a adaptarse al nuevo contexto haciendo del juego democrático su nuevo tablero. Asimismo, el cambio de las circunstancias a principios de la década de 2000 hizo que muchos de los factores que habían empobrecido al autoritarismo global en los años noventa se desmembraran. Como resultado, varios líderes autócratas se embarcaron en una reconstrucción del poder. Así, esta “reconsolidación” autoritaria fue vista por muchos como un fracaso de la democracia en forma de recesión. No obstante, como apuntan Levitsky y Way, muchos de los Estados que incorporaron la democracia como su nueva forma de gobierno durante el apogeo de la tercera ola, en realidad no llegaron a tener un verdadero carácter democrático (5). De hecho, podría retomarse la “falacia del electoralismo” para describir a múltiples democracias por entonces recién asentadas (6). Muchas de ellas contaban con instituciones democráticas superficiales o meramente establecidas sobre la tez del papel, con un Estado de Derecho frágil, sectores privados insuficientes o dependientes del Estado, así como sociedades civiles y partidos de oposición débiles y desorganizados. A ello cabe añadir la situación crítica en la que se encontraban varios Estados (7). De esta forma, con un modelo democrático vaciado de contenido, con el tiempo, la capacidad de maniobra autoritaria resurgió y se instalaron nuevas prácticas para asegurarse el poder, llegando algunos autores, incluso, a encajar a varios de estos regímenes como “autoritarismos competitivos” o tranzando una línea de separación con las democracias formales al situarlos en una “zona gris”. Este manto democrático puramente superficial que recubría a varios regímenes también acabó por minar considerablemente el valor de la democracia en su propia casa, haciendo que sectores importantes de la población de algunos países se apoyaran en hombres fuertes para reconducir la situación, como ocurrió en Rusia con Vladimir Putin o en Venezuela con Hugo Chávez. 

En este punto, Levitsky y Way, haciendo una crítica directa a la opinión contraria de Diamond, llegan a la conclusión de que no se podría estar dando una recesión dado que un número importante de países sobre los que se apunta esta ruptura no fueron más que “momentos democráticos efímeros”. En cambio, en 2018 Levistky cambió de parecer. Ese mismo año se publicó su libro titulado “Cómo mueren las democracias”, en el que los autores añadieron que, pese a su posición inicial escéptica al respecto de una posible recesión democrática, el ascenso de Donald Trump a la Casa Blanca en 2016 y, por ende, el reflejo autoritario de Estados Unidos durante su Administración ha servido de combustible para el revitalecimiento de la animosidad autoritaria en el mundo, así como ha descompuesto en gran medida la imagen del país norteamericano como una democracia aleccionadora, lo que trae consigo graves y profundas consecuencias para la gobernabilidad democrática global y la credibilidad del sistema democrático. 

Al problema de la consolidación se unió la precariedad de las condiciones estructurales propicias para la permeabilidad de la democracia en regímenes de la tercera ola. Niveles altos de ingresos y educación, un Estado solvente, una clase media y sector privado fortalecidos, y la creencia en unos valores liberales que han caracterizado la esencia democrática no se encontraban lo suficientemente arraigados en varias sociedades en el momento de la transición a la democracia, lo que provocó que la tercera ola dejara a su paso una estela de países con “democracias iliberales”. En 1974, más de tres cuartas partes de las democracias tenían la consideración de “liberales”, mientras que, en 2006, al paso de las nuevas incorporaciones democráticas y al inicio de la susodicha recesión, la tasa se redujo al 60%. Con ello, el club democrático liberal se vio severamente mermado con la entrada de “socios” que no acogieron o no disponían de las condiciones necesarias para abordar diligentemente su trasvase al molde democrático, poniendo de relieve el actual retroceso de lo que se quedó a medio camino.

En la búsqueda de indicadores que muestran la prolongada y sostenida recesión democrática, en opinión de Diamond cabe señalar tres. En primer lugar, de 2006 a 2019 la representación global de las democracias disminuyó de un 61% de todos los Estados independientes a un 55% (8), evidenciando ya no solo el estancamiento subyacente, sino también la regresión imperante. Como consecuencia, 2019 fue el primer año desde el final de la Guerra Fría en el que vivía más población en un régimen autoritario que en uno de índole democrática. En segundo lugar, pese a la modestia de los datos, las libertades en el mundo también han sufrido un revés paulatino desde 2006, disminuyendo la puntuación global de Freedom House, sobre 100, de 64,2 en 2006 a 58,7 en 2019 (9). En tercer lugar, la tasa de quiebras democráticas ha aumentado considerablemente, elevándose a un 18,9% en torno a la última década (10), engrandeciéndose llamativamente en comparación con el 12,7% de la última década y media del siglo XX. En adición, en un plano de la libertad en el mundo elaborado por Freedom House en 2021, se evidencian estos cambios en la balanza mundial, acotando que el número de países que entran en la categoría de “libres” descendió de 89 en 2005 a 82 en 2020, mientras que aquellos que entran en el saco de “no libres” aumentaron de 45 a 54 para los mismos años. Se podría sintetizar que el mundo se ha visto envuelto en una pendiente resbaladiza hacia el autoritarismo que, aunque no se haya evidenciado de una forma flagrante, tiene un carácter evidente.

Un aspecto especialmente destacable del fenómeno recesivo es el cambio de tácticas y escenarios para orquestar el deterioro por parte de las fuerzas autoritarias en comparación con las situaciones que se habían dado en otros instantes históricos. En la actualidad, la amplia mayoría de casos observados de deslizamiento democrático no se han dado como resultado de un golpe militar (11), un autogolpe o una intervención extranjera, sino mediante líderes electos que tienden a erosionar las instituciones liberales de la democracia “incrementalmente” y a través de procedimientos legales, formando lo que algunos politólogos han reseñado como “engrandecimiento ejecutivo”, esto es, el aumento de peso del poder ejecutivo a expensas de los clásicos checks and balances. Tal y como apunta la politóloga Nancy Bermeo, la democracia “se arma pieza por pieza y se puede desarmar de la misma manera”. De esta forma, la erosión democrática se ha convertido en el elemento definitorio de la recesión actual, representando el 70% de los casos (12). Este es uno de los hechos por los que es difícil detectar cuándo comienza a resquebrajarse una democracia. Toda una serie prácticas nocivas para la proliferación de la democracia se inyectan de forma paulatina y recubierta de legalidad haciendo difícil que salten las alarmas a tiempo, tales como el asedio a los árbitros -tribunales independientes e instituciones de rendición horizontal de cuentas-, la reescritura de las reglas del juego, el debilitamiento deliberado de la oposición, el hostigamiento y censura a los medios de comunicación, etc. Asimismo, aunque resulte más raro observar en la actualidad fraudes electorales a gran escala, otras formas más sutiles se han ido incorporando. El lento desarrollo del desmantelamiento ya no sólo trae consecuencias sobre el análisis interno de cada país, sino también en la concepción misma de la recesión democrática que se ha fraguado como efecto.

Los líderes autoritarios no han proferido una actitud descarada que impulsara un cambio repentino en el orden democrático, sino que han ido introduciendo “tímidamente” su agenda de desmantelamiento a través de los mecanismos que les ha brindado el sistema, tomando un rostro “más informal y clandestino”. Ello se debe, en parte, al cambio de paradigma con el fin de la Guerra Fría y el subsiguiente predominio de las democracias. Las reacciones en oposición que provocaría tanto a nivel nacional como internacional una reversión súbita del orden han moldeado incluso el proceder de los autócratas, apuntando a que los cabecillas actuales han asimilado el peso de las circunstancias. Esto trae consigo que la “contraoleada” presente mantenga más democráticos a los Estados que sus pares en el pasado. Es relevante añadir que, a diferencia de la primera oleada inversa, que afectó tanto a democracias como a autocracias, y de la segunda, que arrasó mayoritariamente sobre regímenes ya autoritarios, esta “tercera ola de la autocratización” (13) engloba principalmente a democracias (14).

El prolongado deterioro de la democracia y su calidad en los Estados grandes o estratégicos, “Estados oscilantes” como los llama Diamond, también se ha convertido en un suceso destacable. Países como Bangladesh, Turquía, Filipinas y Hungría han profesado prácticas visiblemente antidemocráticas que les han relegado a subcategorías que coquetean más frecuentemente con los estándares autoritarios. Pero no se trata únicamente de vislumbrar los casos de placajes más sonados a la democracia. Las democracias más grandes del mundo también han perdido facultades de calidad, entre las que caben la India, Estados Unidos, Indonesia y Brasil. De 2005 a 2019, tomando como referencia los 29 países con un mayor peso poblacional y geoestratégico, 19 sufrieron amplias disminuciones en la libertad, mientras que únicamente dos mejoraron. Estos cambios no sólo se han producido en países que ya poseían un régimen autoritario, sino también en democracias más y menos liberales. Los datos recogidos sobre los Estados más importantes a nivel regional son igual de desalentadores. Todo ello apunta a que la gran mayoría de los países que ocupan una categoría de importancia más elevada a nivel global han experimentado un retroceso democrático en la última década y media, haciendo, además, que varias democracias liberales sean cada vez menos liberales. 

Un factor que también ha funcionado de baza fundamental para explicar el cambio de coyuntura es el contexto internacional. En el último cuarto del siglo XX, Estados Unidos y Europa pusieron en marcha una política exterior comprometida con la promoción de la democracia y los Derechos Humanos a través de medios diplomáticos o en forma de ayuda internacional. Este “momento unipolar” en el que el país norteamericano se convirtió en la potencia hegemónica, que dio comienzo más concretamente con la caída de la Unión Soviética, supuso una gran bocanada de aire para las democracias y su preponderancia global, asentando a la democracia como lo que Juan Linz y Alfrad Stephan sintetizaron como el “único juego en la ciudad”, es decir, la única forma legítima de gobierno. Sin embargo, como indicamos anteriormente, en 2006 la deriva de los acontecimientos condujo a una pendiente deflacionaria en términos democráticos. Uno de los sucesos que tuvieron un mayor impacto para su consecución fue la desastrosa campaña de EE.UU. en Irak y su intento de levantar una democracia en el país. Este acontecimiento, en gran medida, supuso un antes y un después. Los ánimos para con la promoción de la democracia se diluyeron y cobraron un sentido más arrogante e invasivo. Al mismo tiempo, la atención de Occidente se redireccionó a la lucha contra el terrorismo global, con lo que los estandartes democráticos se relegaron a un segundo plano con una importancia menor en comparación con los problemas de seguridad. A la par, el auge de las nuevas tecnologías como el internet revolucionaron las formas de comunicación y protesta, pero también los medios para sostener la represión, censura y desinformación. La crisis económica y financiera de 2008, que encontraba su soporte en el consenso neoliberal de finales del siglo XX, también dañó de gravedad la reputación de las democracias. Una de las consecuencias de la crisis fue la puesta en relieve de que las democracias no eran sistemas perfectos e infranqueables. 

La transformación del orden internacional también se ha visto moldeado por el alza de nuevas potencias regionales de índole autoritaria, entre ellas Rusia y China, que desde principios de siglo han ido creando insidiosamente una atmósfera más respirable para los autócratas en distintos puntos del mapa al erosionar instituciones, valores y normas liberales. Este desplazamiento de las democracias liberales a través de su poderosa entrada en el tablero mundial con la materialización de proyectos y la elevada concesión de ayudas financieras “promueve la idea de que tiene un modelo de gobernanza superior y más funcional”. A este respecto, la entrada de Donald Trump en la Casa Blanca funcionó a modo de tormenta perfecta para las potencias autoritarias hegemónicas, que observaron cómo las alianzas democráticas de larga data se debilitaban internamente. La crisis global provocada por la Covid-19 también catapultó las ambiciones autoritarias. La situación de emergencia fue explotada por varios líderes autoritarios para llevar a cabo un desplazamiento de la oposición y refuerzo de su poder. Asimismo, la disfuncionalidad con la que trabajaron algunas democracias durante el comienzo de la pandemia, Estados Unidos especialmente mediante la incompetencia política ilustrada, mermaron aún más la imagen de la democracia como sistema eficaz.

Al respecto de la gobernabilidad y la fe en el sistema, incluso en las democracias asentadas se ha dado en cierto modo una “desconexión” entre las autoridades políticas y civiles (15). Un síntoma evidente de ello es el surgimiento generalizado de movimientos populistas. Erdogan en Turquía, Modi en la India, Orbán en Hungría, Bolsonaro en Brasil, Trump en Estados Unidos, etc. Pueden señalarse una miríada de ejemplos de líderes en todos los continentes que son abiertamente antiliberales y que siguen casi al detalle el recetario populista. Los profundos daños que ocasionó la Gran Recesión de 2008 socavaron la confianza de muchos en el sistema, entre ellos clases medias y trabajadoras “víctimas de la globalización” y otros desafíos. El descontento público gestó el caldo de cultivo perfecto para el empoderamiento de estos movimientos antisistema. Por lo general, el auge del populismo autoritario está caracterizado por la exaltación de la polarización, la movilización en contra de unas élites corruptas, a las que califican como “enemigos del pueblo”, que ya no sirven en pos del interés general y que se encuentran institucionalizadas a través de los partidos políticos y el establishment que estarían domesticados por el orden liberal. A ello se suman otros elementos que son potenciados por los líderes populistas, que van desde los migrantes hasta las instituciones internacionales y minorías consideradas “indignas”. Estos cabecillas fraguan una caracterización autoconstruida de sí mismos como únicos representantes legítimos del pueblo, renegando del pluralismo político. Se recurre en lo más frecuente a una retórica puramente emocional y carismática, como si se tratara de un mensaje “mesianístico” en defensa de un pueblo acechado por constantes amenazas, élites insidiosas e instituciones desvinculadas del público. Las democracias robustas pueden resistir por mayor tiempo y con más diligencia las intentonas de sabotaje, pero las democracias frágiles que no poseen focos internos verdaderamente resilientes se enfrentan a un asedio mucho más preocupante. 

La estrategia populista de desarticulación de la democracia posee unos componentes visiblemente compartidos. En un comienzo se busca desbaratar el sistema de controles sobre el partido gobernante, seguido de una retórica cuyo objetivo es deslegitimar a la oposición al tildarla de corrupta y desleal. Se produce un incesante ataque a los medios de comunicación, que en opinión de estos líderes estarían difundiendo noticias falsas, por lo que deberían ser represaliados. Los tribunales se muestran como instituciones antidemocráticas y elitistas, por lo que convendrían ser rellenados con miembros leales al gobierno. Seguidamente se intensifica la contienda contra los elementos de resiliencia del sistema liberal, tales como la sociedad civil y los controles horizontales. Asimismo, la radiodifusión pública se convierte en una herramienta del gobierno, así como se controla la crítica a los gobernantes en internet. Por su parte, los empresarios se ven sometidos a la presión política mediante amenazas fiscales y regulatorias si no se someten a la voluntad designada, lo que provoca una reducción cuantiosa de las fuentes de financiación de la oposición. Esta relación se compensa mediante “compinches comerciales” en los que el partido gobernante otorga una serie de facilidades a cambio de financiación y la compra de los restantes medios de comunicación, lo que restringe todavía más el espacio discusivo. Todo ello dibuja un escenario en el que las élites populistas se insertan gradualmente al sistema, haciendo realmente complicada su desvinculación. Para cuando se celebran de nuevo elecciones, el antaño pluralismo y competencia han quedado notoriamente ensombrecidos, lo que dificulta sustancialmente el desalojo del poder del populista y, cuando esto ocurre, las consecuencias de su estancia para la democracia han sido fatales. Como sostienen Roberto S. Foa y Yascha Mounk, el despliegue populista “no es una aberración temporal o geográfica”. Incluso democracias liberales considerablemente asentadas se hayan bajo acecho.  

Pie de página

  • (1) Por aquel entonces, únicamente un 30% de los Estados cumplían el criterio de democracia electoral, representando un total de 46 democracias, la gran mayoría de ellas localizadas en países occidentales. Asimismo, sólo un 22% de los Estados ostentaban una calidad lo suficientemente alta como para denominar a su forma de gobierno “democracia liberal”. 
  • (2) Huntington delimita una “ola de democratización” como “un grupo de transiciones de regímenes no democráticos a democráticos que ocurren dentro de un período de tiempo específico y que superan significativamente en número a las transiciones en la dirección opuesta durante ese período”.
  • (3)Acogiendo las mediciones de Freedom House, en una escale de 7 puntos, en la que 1 es más libre y 7 más autoritario, en 1974 el estado de la libertad en el mundo se situaba en una puntuación de 4,38, escalonando hasta un 3,22 en 2005, trayendo consigo un aumento significativo de la medición de la libertad global durante estas décadas.
  • ‌(4) De hecho, algunos observadores destacados como Thomas Carothers hicieron un llamado a principios del siglo XX para que dejara de utilizarse el “paradigma de la transición” en casos que no correspondían con el estudio de las transiciones y acababan generando estimaciones erróneas. En este sentido, varios formuladores de políticas interpretaban cualquier atisbo de apertura autoritaria con un país en transición, lo que construía una relación equivocada de expectativas.
  • (5) Varios Estados que inician su transición a la democracia lo hacen sin unas instituciones consolidadas que sean capaces de domar las ambiciones de un poder político posiblemente subversivo. Esto lleva a que estas democracias crezcan débiles y se ralentice considerablemente su proceso de maduración o incluso provoque una lenta vuelta al autoritarismo.
  • (6) La pasividad de Occidente ante las advertencias del “electoralismo” imperante en democracias de nuevo asentamiento también ha potenciado una respuesta endeble a la celebración de elecciones fraudulentas o a las degradaciones menos directas de la democracia.
  • (7) Una de las consideraciones más llamativas acerca de la tercera ola es que se llegó a considerar, a la luz de los eventos, que la democracia podía surgir casi en cualquier lugar, sin condiciones previas, siempre y cuando existiera un compromiso entre las élites para efectuar el cambio. Esta noción colisionó en múltiples ocasiones con realidades políticas, económicas y sociales que constituían en sí mismas todo un reto para las posibilidades del éxito democrático, entre las que se encontraba la construcción o fortalecimiento del Estado como una de las más relevantes.
  • (8)  El porcentaje se redujo de un 57% a un 48% en los Estados con más de un millón de habitantes.
  • (9) Según datos de Freedom House, mientras que en 2005 la suma de países que registraron alguna mejora en términos democráticos (83) superaron a los que habían denotado alguna clase de recesión (52) con una marcada diferencia positiva de 31 países, en 2020 la balanza se revirtió severamente, provocando que la diferencia se colocara en 45 países más que habían anotado un declive democrático frente a los que habían obtenido mejoras. Este escenario no se daría como algo singular, puesto que la tendencia de cifras negativas para la democracia se insertó como algo ordinario desde 2006, tal y como apunta Larry Diamond.
  • (10) Profundizando aún más en lo reciente, de 2015 a 2019 hubo un total de 12 quiebras democráticas, mientras que únicamente se visionaron 7 transiciones a la democracia. Ello supone que tal lustro supuso el período de mayores roturas democráticas, evaluadas en una franja de cinco años, desde el comienzo de la tercera ola.
  • (11)  El ejército ya no concurre tan frecuentemente en la toma del poder y, por ende, en el deceso democrático de la mayoría de países que comulgan con esta tendencia regresiva, sino que se ha vuelto un actor que, mayoritariamente, es utilizado para el atrincheramiento del régimen
  • (12) A nivel comparativo, las prácticas de colapso democrático que se dieron en la primera y segunda ola se guiaron por los mecanismos “clásicos” y reconocibles de toma o retención del poder, estando representados un 39% de los episodios por golpes militares, un 32% por autogolpes y un 29% por invasión extranjera.
  • (13)  Anna Lührmann y Staffan I. Lindberg definen la ola de autocratización como “el período de tiempo durante el cual el número de países en proceso de democratización disminuye mientras que al mismo tiempo la autocratización afecta a más y más países” (Lührmann, Lindberg, 2019; p. 1102).
  • (14)  Mientras que en la primera ola de autocratización hubo 32 episodios de regresión y en la segunda 62, desde el comienzo de la tercera ola se han dado 75.
  • (15)  Roberto S. Foa y Yascha Mounk destacaron en dos artículos para Journal of Democracy que los ciudadanos de democracias asentadas ya no solo se han vuelto más críticos hacia la clase política, sino que también ha aumentado el escepticismo al respecto de la democracia como sistema político. Ejemplos de ello los encuadran que mientras que las personas de una edad más elevada (nacidos en las etapas de entreguerras y posguerra) tienen en mayor estima a la democracia (con un 72% de los mismos que clasificaron con un diez “esencial vivir en una democracia” en una escala en la que tal cifra es la más alta), la generación millenial se mostró menos comprometida, con solamente un tercio evaluándola tan esencial. Asimismo, el porcentaje de población que asocia la democracia con una forma de gobernar “mala” o “muy mala” también ha ascendido llamativamente en la comparativa intergeneracional, tendiendo a observarse unas cifras más altas de desafección en Estados Unidos que en Europa. Como resultado, se evidencia una brecha generacional en la que hay un menor respaldo de los jóvenes hacia la democracia y sus componentes liberales. A la postre, todos estos efectos de desconexión popular desembocarían en lo que Foa y Mounk dan a conocer como “desconsolidación”.

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